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DESENTERRANDO RECUERDOS
24.08.2012 00:09
La trufa es un hongo, que crece bajo tierra a una profundidad entre 10 y 30 cms. Su aspecto es similar a una patata rugosa y su tamaño puede ir desde 1 hasta los 15 cms de diámetro y están siempre asociados a las raíces de ciertos árboles de hoja caduca, principalmente: encinas, robles, castaños, avellanos y nogales. La dificultad que tiene el hecho de localizar estos hongos, y el elevado precio que siempre han tenido en el mercado han rodeado el mundo de la trufa con un misterio y un secreto que ha propiciado historias oscuras, leyendas e incluso algún recelo.
El origen de la palabra trufa deriva del latín tuber y pasa su raíz a las lenguas modernas europeas, truffe en Francia, trufa en España, tartufo en Italia, tüffel en Alemania, púbera en portugués o tófona en valenciano.
Los tiempos medievales en la cristiandad fueron de sombras para las trufas, ya que al no conocer su origen, el vulgo creía ver en ellas la obra del mal. Raras excrecencias de la tierra que solo podían interesar a brujas y hechiceros. Cuando el bienandante atravesaba las tierras invadidas por las trufas debía santiguarse tres veces para evitar su efecto maléfico. En la época medieval crecían en el bosque y este era visto como un desierto, los hombres no vivían en él, sólo lo utilizaban para leña, para cazar, para pastar a sus animales, pero nada más. La Iglesia consideró estos bulbos como algo peligroso e incluso diabólico, debido a su encanto seductor y propiedades afrodisíacas (la fama de vigorizante natural las persigue hasta el día de hoy).
En la Edad Media se solía ver en la trufa una manifestación del diablo, por lo tanto, cayó en el olvido. Lo prueba el hecho por el cual, en la mayoría de los libros antiguos de cocina, no se hace ninguna mención de ellas. Aunque otros documentos hablan de que se daban concesiones de búsqueda y explotación, pues constituía un precioso regalo, que se daba a reyes, príncipes y obispos. Consecuentemente, la trufa se ausentó durante todo el Medioevo de los comedores del hombre y era simplemente comida de lobos, zorros, tejones, cerdos, jabalíes y ratones.
La trufa negra, que crece aún en los bosques de Périgord (En el valle del Dordoña, al suroeste de Francia) apareció en los comedores de los señores franceses entre el siglo XIV y el siglo XV, mientras que en Italia, por aquel período se estaba ya afirmando la trufa blanca. En el siglo XV las trufas recuperaron su popularidad y a partir de entonces ya las encontramos en escritos y libros de cocina. Un legado más de la cultura culinaria clásica y testimonio de ello es la publicación en Europa, a principios del siglo XVI, de los escritos del bienandante: Ludovico de Varthema, donde se habla del gran negocio de la trufa recolectada en Armenia y Turquía y presente en sus mercados más exóticos.
Viajar en la Edad Media ofrecía grandes dificultades, pese a todo el tráfico por los caminos europeos era muy alto. Existían múltiples motivos para viajar: comercio, peregrinaciones, relaciones diplomáticas, desplazamientos militares, deseos de conocer mundo, etc. Los caminos, en general, eran de tierra y estaban muy deteriorados. Los desplazamientos se hacían a pie, en caballerías, carros, y más tarde, en coches, literas, etc. El bienandante tenía que sortear numerosas dificultades y peligros: atravesar bosques, ríos y montañas, enfrentarse a los ataques de bandidos, soportar incontables peajes, alojarse en incómodas e inseguras ventas y posadas. Pero no todo eran calamidades, también este viajero obtenía compensaciones de variada índole como hallar las exquisitas trufas.
El célebre gastrónomo Brillat-Savarin, las llamó el "diamante negro de la cocina" y escribió mucho sobre estas setas, en su libro "Fisiología del gusto " (1825), en la reflexión 44," De la virtud erótica de las trufas " dice:
"La trufa no es afrodisíaca precisamente, pero en ciertas circunstancias puede hacer a la mujer más cariñosa y al hombre más amable […]".

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